MELBOURNE

Se libra una batalla vieja como el mundo.

En un extremo se hallan el arrojo, el hambre, las ganas de superarse a uno mismo y la voluntad de decirle al mundo "aquí estoy, lo que ya sabeis de mi no es casualidad, ahora yo marco las reglas".

Del otro lado el viejo león se defiende. Usa todas sus armas. Ni un movimiento en vano, ni un aspaviento. Toda su experiencia y su técnica exquisita al servicio de un objetivo: resistir y recuperar lo que por derecho es suyo.

En cada carrera del cachorro, el alma; en cada golpe, un rugido. La máquina perfecta que es su cuerpo trabaja a mayor rendimiento que nunca. Esta es su oportunidad, tal vez la única, de asestar un golpe al rey del que jamás se podrá recuperar.

Cada desafío lanzado al aire, cada rabioso golpe dirigido al corazón del león solo obtiene una respuesta: el silencio pavoroso que envuelve su contraataque y una mirada compuesta a partes iguales de intenso antagonismo y fría determinación.

El tiempo transcurre caprichoso ignorando sus medidas habituales. La lid se acomoda en una enloquecida balanza que se inclina alternativamente a un lado y a otro. Los corazones bombean a un ritmo frenético, los músculos se resienten, las articulaciones se quejan. Las fuerzas se agotan. Todo es secundario. La verdadera pugna se libra en las mentes de ambos adversarios. Casi se puede percibir una fina línea que conecta las miradas de los dos, ajenas a todo y a todos salvo a ese pequeño objeto que se desplaza a cientos de kilómetros por hora.

Indefectiblemente uno de ellos pierde terreno. Puede que su físico sea tan poderoso como siempre, puede que sea incluso mejor. Puede ser que su capacidad para batirse siga sin tener rival en este mundo. Pero hay algo, ALGO que nota que se escapa inexorable entre las yemas de sus dedos. Era suyo y de nadie mas y ahora ve como al tiempo que abandona su ser ilumina el espíritu de su rival.

Se debilita. Se vacía en un canto del cisne que contiene lo mejor de su arte y que nos asombra a todos nosotros. Se pierde en rencillas con el juez indignas de su categoría. Lucha, corre, salta, golpea, se arrastra. Todo es en vano.

Fínalmete la lucha que se presumía eterna acaba. El viejo león aún está en pie, orgulloso, pero en sus ojos fatigados y en las lágrimas que los jalonan, en su rostro abotargado y en las palabras que vuelan con dificultad de sus labios los demás adivinamos algo que él ya sabe: así como cualquier espigón, por perfecto que sea acaba sucumbiendo al embite de la mar embravecida; cualquier rey, por poderoso que sea ha de dejar paso a un sucesor.

El cachorro lo observa. Su admiración por el no ha decrecido un ápice. La primera alegría de su victoria ya no es tanta, pues presume que si tiene la fuerza, el arrojo y la suerte necesarias para llegar a ser lo que él es, algún día, tarde o temprano, llegará una ola que lo barrerá sin que nada pueda hacer para evitarlo.

Por Rubén López del Pozo.

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