HISTORIAS DE FANTASMAS. CAPÍTULO VII

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Cuando Pepe se adentraba en ese bosque, el tiempo parecía detenerse. Era muy temprano y el día estaba nublado, así que apenas llegaba luz a las entrañas de la arboleda. Aún así, la iluminación era suficiente como para cumplir con su cometido.

Oyó el ruido del riachuelo a su izquierda y el canto de los pájaros sobre su cabeza. Le encantaba el sonido de la naturaleza, era su vida. Quizás ese fuera uno de los motivos por los que nunca se fue a vivir a la ciudad. Eso y que, después de quedarse solo, no había nada que un viejo solitario pudiera hacer allí, prefería pasar la recta final de su vida en la tranquilidad del pueblo.

De repente, Pepe se paró, posó el hacha en el suelo y puso cara de circunstancia. Su mente senil le había jugado una mala pasada y se había olvidado de traer la carretilla. ¿Cómo coño iba ahora a llevar de vuelta la leña que cortase? "Hay que joderse" - pensó. El viejo dio media vuelta y se encaminó de nuevo hacia casa para coger la carretilla.

Al cabo de muchos minutos Pepe se volvió a detener. Llevaba demasiado tiempo caminando y aún no había llegado, era raro. Sin embargo, el camino le resultaba conocido, no se había perdido. "Cosas mías, además de la memoria habré perdido la noción del tiempo. Menudo vejestorio de mierda estoy hecho" - murmuró con una tonalidad apenas audible.

El tema comenzó a resultar preocupante una hora después, cuando Pepe aún seguía en el bosque, y exactamente en el mismo punto que donde se había parado la primera vez. Anduvo un poco más, y eso le sirvió para comprobar que por mucho que caminaba, no avanzaba ni un milímetro de terreno.

Fue entonces cuando se escuchó una profunda carcajada proveniente de la nada más absoluta.

Continuará...

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