¿?

Intercalado bajo un cúmulo de circunstancias, acurrucado, adormecido y atormentado. Así se encontraba ese perro maltratado. Su piel sangraba bajo el sucio y húmedo pelo marrón que cubría por partes su pequeño cuerpo, como si fueran oasis en medio de un desierto.
Las paladas aún le dolían, tenía las extremidades marcadas y todavía le costaba abrir el ojo derecho. La sangre que le cubría la cabeza comenzaba a secarse, formando una costra que le tiraba cuando intentaba moverse para cambiar a una postura que le permitiera sufrir menos.
Pero había algo que le dolía más, mucho más que todo eso. Algo que le hacía sentir un pinchazo de una intensidad infinita, algo que le llegaba hasta lo más profundo de sus entrañas, hasta lo más profundo de su ser, de su alma... Era el recuerdo. El recuerdo de ese fantasma desfigurado haciendo uso de su superioridad emocional y física para arrastrarlo hacia el umbral de la inconsciencia, de la desaparición existencial, de la extinción de su propio yo... Un simple gesto, una palabra, una mirada que fue cien veces peor que un golpe con aquel bastón. Nada le haría olvidar aquéllo. Nunca.

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